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De niño me habría encantado leer Franko. Fábulas de la última tierra. Estoy seguro que si alguien me hubiera preguntado “¿qué te gusta de este libro?”, habría respondido: “El león, los colores, el amigo del león, las peleas. ¡Y el elefante gigante!”.

Habría pedido que me leyeran una y otra vez las seis aventuras de este león antropomorfo que vive en el futuro. Le habría pedido a mi mamá que pusiera una voz diferente cada vez que en el cómic aparece un personaje nuevo, como la abuela Mana, Shin, el Cobrasapo o el Megapatrón.

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Por supuesto que me habría identificado con la curiosidad de Franko, con su entusiasmo y espíritu aventurero. Y obvio que habría creído que yo era tan ingenioso e inteligente como el pequeño león.

A lo mejor, de niño, no habría entendido muy bien el mensaje que encierra Fábula del Cobrasapo, el comerciante, pero de todas maneras me habría fijado en sus “efectos especiales”. Estoy seguro que la Fábula de la hueste de la medianoche me habría dado más miedo del que sentí ahora al dar vuelta sus páginas. Y estoy convencido que las batallas dibujadas en la Fábula del maestro esclavista me habrían quedado mejor grabadas que todas las referencias históricas y políticas que encierra esa historia.

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Siendo pequeño me habría emocionado y sorprendido mucho más por el ritmo del relato y por los juguetones saltos temporales de algunas fábulas, ignorando que esas cualidades provienen directamente del guión, a cargo del escritor y editor Ángel Bernier (quien también participó en In absentia Mortis y Zombies en la Moneda).

No creo que haya habido diferencia, eso sí, entre mi reacción actual y una supuesta reacción infantil ante la belleza del dibujo y la expresividad de los personajes de este cómic. La habilidad del dibujante y abogado Cristóbal Jofré (Blanco experimental, Zombies en la Moneda) puede notarla quien sea, independiente de su edad. Y ocurre lo mismo con la paleta de colores: gamas fuertes, vibrantes y contrastantes, una apuesta de Danitza Urra, Felipe Gaona, Érika Pino y el mismo Jofré.

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Lo único que eché de menos en Franko fue un mayor desarrollo de las historias de vida de sus personajes; un vistazo al menos a su pasado, a sus orígenes, a cómo se conocieron los protagonistas o cómo es que la Tierra llegó a estar poblada enteramente por animales con forma humana. Pero quizás, de esos detalles se preocupan sólo los adultos amargados, críticos y exigentes.

Creo que de niño habría saltado feliz a cada una de las historias que encierra este libro, tal como lo hace Franko en las ilustraciones capitulares. Ahora, de adulto, le tengo fe a ese joven león antropomorfo del futuro y creo que si sus autores continúan con el buen trabajo que han demostrado hasta ahora, Franko tiene el potencial de convertirse en un personaje icónico dentro de la historieta chilena.

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Estoy seguro que de niño me habría encantado leer Franko. Fábulas de la última tierra porque, ahora, de adulto, quedé fascinado con este cómic… igual que un niño.

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