Presentación (Web)

¿Quién cuenta las historias de los que relatan historias? En algún momento, nuestros siguientes entrevistados, se hicieron esta pregunta. Jorge Montealegre y Carlos Reyes se dieron cuenta que era necesario investigar, analizar y registrar el trabajo de historietistas chilenos, artistas que dominan el extraño y maravilloso lenguaje que une las letras y el dibujo.

Jorge Montealegre es periodista, poeta y guionista, y se ha dedicado a difundir el trabajo de humoristas gráficos chilenos en una serie de libros de investigación. Ahora, asegura, prepara un puñado de futuras publicaciones, entre ellas un libro sobre la relación entre la figura de Salvador Allende y la caricatura política. Carlos Reyes, por su parte, es guionista, editor y docente, y promociona el noveno arte chileno y latinoamericano de manera periódica en el sitio web Ergocómics.cl, además de ser el anfitrión habitual de numerosos eventos relacionados con la narrativa gráfica local. Durante este año, Reyes publicará un libro recopilatorio de sus entrevistas a historietistas chilenos y extranjeros, realizadas entre 1999 y 2013, y adelanta, en exclusiva para Mesa Gráfica, que para el próximo año prepara otra publicación junto al investigador Vicente Plaza acerca de la historieta chilena de los años 80.

Conversamos con ellos acerca de cómo llegaron a ser “detectives de viñetas”, de cómo la dictadura afectó al noveno arte chileno y sobre la rica tradición de narrativa gráfica que guarda nuestro país.

Investigadores 009 (Web)

Ambos son ávidos lectores de historietas chilenas y han reconocido en varias entrevistas que lo son desde niños, ¿cómo fue el recorrido para pasar de ser lectores a investigadores de la historieta?

Jorge: Mira, el recorrido mío es más o menos el siguiente: cuando chico yo tenía en mi casa lo que se llamaba en ese tiempo un “cambio revistas”: cambiaba revistas por la ventana de mi casa; yo cobraba por eso y, bueno, si llegaba alguien con una revista vieja que yo no había leído, era capaz de darle un nueva sin ningún problema. Entonces, tenía muchas revistas y me entretenía en eso. Y años después, cuando vuelvo del exilio, alguien me consiguió un trabajo en un quiosco donde se vendía La Abeja Maya y en esos tiempos, que eran tiempo de dictadura, con mi pareja creativa, el diseñador Hernán Venegas, hicimos una revista que se llamaba La Castaña, que era una revista de humor, gráfica y poesía; él invitó a sus amigos dibujantes a que colaboraran y yo empecé a conocerlos y llenar los globitos de texto de sus tiras. En ese tiempo, en La Tercera estaban replanteándose su suplemento dominical: nos llamaron y empezamos a hacer una tira de más de media página, que llamamos El Sentido del Rumor que dibujaban Luis Albornoz y Eduardo de la Barra, que era un balazo. Ahí empecé a conocer personalmente a dibujantes que admiraba, empecé a tener ese privilegio; yo ubicaba a los dibujantes como un admirador, como un cabro chico lector, y, de repente, con esta revista que hicimos empecé a conocer de verdad a esta gente y escuchaba anécdotas, miles de anécdotas, y lo que yo pensé es que el humor gráfico y la historieta tenían una historia que no contaban y que, me tincaba, ninguno de ellos iba a contar, porque su lenguaje es el dibujo, porque no escribían y porque, en general, era muy modestos. Además no eran personajes públicos, uno podía conocer mucho el dibujo de alguien, estar al lado de él y no saber que esa persona hizo tal dibujo; entonces como yo estaba en la literatura también, empecé a trabajar en una historia del humor gráfico en Chile y así me dediqué a investigar y me fui perfeccionando. Seguí estudiando, estudié periodismo, hice mi doctorado, etcétera, y, por lo tanto, las cosas se empiezan a mirar con otros ojos.

Carlos: Yo  fui un lector ávido de historietas de niño. Recuerdo que en ese tiempo leía historietas gringas cincuenteras o sesenteras, que eran muy locas, muy extrañas, y que no podía comprar, estaban fuera de mi alcance pecuniario, pero sí conocía a personas que las tenían y así las podía leer. Pero, por otro lado, leía las historietas que podía comprar y que se hacían en Chile. Entonces, yo paso de ser un lector infantil, a un adolescente que se preocupa de otras cosas y dejé de leer un poco. Cuando volví a estudiar y llegué al ARCOS, por ahí por el año 1989 o 1990, conocí a Udo Jacobsen, que fue mi mentor en eso. Él me invitó a conocer su biblioteca, una prodigiosa biblioteca llena de historieta con la que quedé fascinado, y leí todo lo que no había leído en mis años adolescentes: desde Quimantú hasta el cómic europeo de los 90, que yo no conocía porque era carísimo. En ese periodo, además, Norberto Dorfler (dueño de Crazy All Comics y La Comiquería) y su mujer llegan a Chile y se instalan con la importación de revistas. Recuerdo que el primer cómic que me dio vuelta la cabeza en los 90 fue uno que encontré caminando por Huérfanos, un Swamp thing, de los publicados en España, que era un capítulo de Alan Moore donde aparece un pordiosero radioactivo y en el que se habla de la destrucción de la naturaleza. Lo compré porque era de los cómics que me gustaban, de terror, de esa onda, y después de leerlo quedé asombrado por cómo estaba escrito. Sentí que ahí había un cambio. Yo había visto los cómics chilenos, pero llega este tipo, Alan Moore, que no es totalmente gringo ni tampoco europeo, es una cosa nueva. El impacto de ese escritor es fundamental. Entonces yo me dije que ese cómic no estaba hablando sólo de Swamp thing, sino de cosas que le estaban interesando a todo el mundo. Y ahí yo me vuelvo a convertir en un lector ávido de historieta y me pongo al día rápidamente.. En ese tiempo llegó todo condensado, porque Norberto lo importaba todo desde Europa, no era como ahora que vamos leyendo a medida que se va haciendo. A lo mejor los cómics de La broma asesina, The dark knight y Watchmen llegaron juntos. Entonces, eso nos pegó muy fuerte a nuestra generación. Y creo que me volví un investigador con el trabajo en colectivo que empezamos a hacer en Ergocomics.cl, desde 1997. Trabajando en el sitio web me di cuenta que había un vacío, que no había un registro de los historietistas nacionales.

Investigadores 005 (Web)

El año pasado entrevistamos al dibujante chileno Gonzalo Martínez y una de las cosas que más nos llamó la atención es que él hablaba de la subvaloración de la historieta chilena por los mismos chilenos. Él dijo: “La historieta es parte de nuestra cultura, pero no nos damos cuenta”. ¿Están de acuerdo? Y ¿qué creen que es necesario cambiar para que desaparezca esa subvaloración?

Carlos: Es que depende de quién la subvalore, porque hay mucha gente que admira la historieta, y en general me parece que los chilenos subvaloran todo lo que está impreso en este país. También creo que el origen de la historieta, esa mezcla extraña entre letras y dibujos, es bastardo. Recuerden que nace en un diario amarillista estadounidense, cuando se publica The yellow kid, entonces me parece que ese origen bastardo la marca un poco al principio. Luego se comienza a pensar que, como los niños son los que más son seducidos por el dibujo, la historieta debe contener sólo temáticas infantiles, y en Estados Unidos se llama “comic”, porque su principal característica es el humor. A mí me parece que la historieta, por sus cualidades de bastardía, ha sido criticada siempre. Y porque después vienen los superhéroes y éstos se asocian a lo nerd, al hombre adulto que sigue siendo un niño, y por un momento las historietas comienzan a alimentar sólo a ese mundo nerd y ahí sí que hubo un “secuestro del cómic”, porque era muy de nicho. Entonces, por mucho tiempo, todo eso atentó contra este arte. La historieta es un lenguaje maduro que no necesita validación. La historieta no necesita adaptar grandes obras de la literatura para encontrar validez, porque es un lenguaje en sí misma, un medio de expresión. Sin embargo, por mucho tiempo la educación fomentó la idea de que la historieta, al incluir dibujo, no es literatura. Quimantú, en su tiempo, hizo historieta política, a veces muy evidente, y eso también influyó en que muchas personas dejaran de leer cómics. Entonces, hay muchos factores que han afectado la percepción de los chilenos respecto a la historieta. Recordemos el escándalo que se armó cuando se supo que el maletín literario del gobierno contenía historietas. Una escritora, incluso, lo calificó como algo nefasto. Yo recuerdo que antes, si yo llevaba una revista de historietas al colegio, el profesor me la quitaba, la guardaba o hasta la rompía. Ahora, los profesores le piden a los alumnos que lean historietas. Entonces, las cosas están cambiando.

Jorge: Yo creo que lo que ha estado cambiando es que las personas que están haciendo cómics e ilustración tienen una libertad que antes no se tenía, y no estoy hablando de la cosa política, sino que no hay necesariamente una forma chilena de dibujar, una manera que tenga continuidad, por lo tanto, todas las formas son válidas. El nivel de información que hay sobre lo que se hace en otras partes es increíble, o sea hay una cuestión de voluntad de querer saber cómo dibujan en el país que se te ocurra y, por lo tanto, la página en blanco es muy grande, muy grande. Curiosamente yo ayer estaba revisando un libro que se llama Ilustración a la Chilena, que me pareció muy bueno y justamente me pareció que no necesariamente es “a la chilena”, en el sentido que ahora es muy complicado decir que hay poesía, dibujo o música “a la chilena”, porque hay libertad de temáticas y de técnicas, y siempre se está pensando en un mercado amplio, no solamente para Chile. Por lo tanto, es cada vez más difícil decir que una expresión que tiene un lenguaje universal, como es el gráfico, tiene una expresión nacional. Ahora, está la voluntad del dibujante que puede tener una cierta pretensión de representatividad nacional, pero eso es propio de cada uno.

Investigadores 010 (Web)

Sabemos que hay muchas diferencias entre lo que se hacía en la edad de oro de la historieta chilena (1950-1970) y lo que se está haciendo ahora, diferencias tecnológicas, oficios en la línea de producción que ya no existen o relaciones profesionales, como las del dibujante maestro y el dibujante discípulo, que ya no se dan. Pero, ¿qué es lo que permanece?, ¿qué es lo que hermana el trabajo que se hacía antaño con el que hacen los historietistas actuales?

Jorge: Hay autores que mediante sus personajes le han dado una continuidad a la historieta chilena. Y de ahí pueden haber salido discípulos o no, pero hay un momento en los años 80, dentro del cómic experimental, en el fanzine, en que se imponen los personajes de los años 40 y algunos de los 60, como Condorito, Pepe Antártico o Mampato. Ellos son parte de la historieta cómica chilena más consolidada, y hay dibujantes más jóvenes que aprendieron de esas revistas y luego tuvieron su propio discurso.

Carlos: Es que… lo particularmente chileno para mí siempre es un problema. Cuando en los 80, Los Prisioneros hacían rock o ska, la gente les preguntaba por qué lo hacían si eso no era chileno, y ellos les respondían que claro, originalmente no era chileno, pero que si era hecho por chilenos, lo era. Bueno, yo creo que lo que une a los historietistas del pasado con los del presente es una larga tradición de la que ni ellos son conscientes, porque está en el ADN de lo que leyeron. Porque como decía Gonzalo Martínez… o Miguel Ángel Ferrada, ya no recuerdo quién fue (risas), si tú has leído Condorito, ya eres un lector de historieta chilena, aunque después no lo sigas haciendo. Por ejemplo, ¿cómo le llamamos a un hombre que hace todo lo que dice su señora? Macabeo*, y esa palabra viene de una historieta chilena muy popular en su época (1940). Hay muchas palabras que usamos que vienen de la historieta. Entonces, es posible que no todos los chilenos conozcan los cómics que se están haciendo ahora, pero todos han leído alguna historieta chilena, y todos conocen Barrabases, a Mortis, a Pepe Antártico y, por lo tanto, la historieta está en el ADN de todos los chilenos. Yo recuerdo que cuando era niño iba a las casas de mis amigos del barrio y en todas esas casas, incluso en las de piso de tierra, había historietas. Y mucha historieta chilena porque era barata, accesible, y la gente la leía sin vergüenza. Entonces, en el ADN de los abuelos o en la retina de los tíos de uno, se puede encontrar el recuerdo de esas viñetas.

Investigadores 007 (Web)
Jorge Montealegre y Mauricio García, director del Museo de la Historieta Chilena.

.

¿De qué manera afectó la dictadura a la historieta chilena? Se conocen las consecuencias externas, como el cierre de publicaciones y editoriales, pero, ¿qué pasó internamente, en cuanto a las temáticas? 

Jorge: A ver, yo creo que afectó en aspectos bien diversos. Por una parte, en el panorama humano: se atomizó el grupo de dibujantes, por decirlo de alguna manera, la comunidad de historietistas. Muchos dibujantes se fueron al exilio, algunos muy buenos, como Fernando Krahn, Palomo, Pepe Huinca, Mateluna, Alberto Vivanco, Abel Romero, y eso afectó mucho porque la comunidad era muy importante: el conocimiento en la historieta se iba traspasando como en una carrera de posta. Y por otra parte, el golpe militar frustró el desarrollo pluralista de las temáticas que se estaban abriendo en Chile y comenzó a trabajarse un proyecto, principalmente en la editorial Quimantú, para que las historietas tuviesen una orientación valórica distinta y, por lo tanto, empezaron a publicarse revistas que criticaban a las historietas anteriores. Ese cambio no alcanzó a desarrollarse como debía.

Carlos: Según las pesquisas que tenemos, porque hay que seguir investigando, las últimas historietas en desaparecer, por ahí por el 77 o el 78, son Mampato y Mortis. Juan Marino se fue a Argentina y, por alguna razón económica u otra que desconozco, Mampato desapareció. La dictadura no sólo le hizo mal a la historieta, le hizo mal a muchos ámbitos de la cultura chilena. Y me refiero a la cultura con mayúscula, no sólo a la pintura o a la danza, sino a la cultura en general. Creo que los artistas se preocuparon de ser militantes en contra de la dictadura y de luchar muy fuerte. Se siguió haciendo literatura y poesía, recordemos que estaban Lihn o el mismo Jorge, entonces se sigue haciendo arte. Pero hay un momento, un pequeño instante en el que no sé qué pasa, pero la historieta desaparece, aunque en rigor no fue mucho tiempo. Eso ocurrió por el año 77 y las primeras historietas ochenteras comenzaron a surgir en el 87, diez años después. Sin embargo, en ese periodo, continúan emergiendo fanzines, pero muy pocos. Recordemos que en el 86 aparecieron Christiano, Asterisco, Jucca, y comienzan a dar expresión a las poblaciones. Eso quizás fue influencia de la dictadura: los jóvenes de las poblaciones sin voz comienzan a expresarse de alguna manera. Pero yo creo que todo fue una mezcla de muchos factores, y no le echaría la culpa a la dictadura militar de la desaparición de la historieta. Existían otras urgencias que le estaban quitando la vida a la gente. ¿No sé si eso responde a la pregunta? No tengo una certeza, ni una respuesta concreta que dar, sino que más bien sensaciones.

Investiagores 001 (Web)

También, en ese tiempo, llega la influencia del underground norteamericano, aparece Trauko y las historietas clandestinas, las más punks y violentas, quizás. ¿Hay un cambio radical en ese periodo?

Jorge: Mira, yo creo que el cambio tiene que ver con que se corta esa carrera de postas: no están los maestros, los discípulos están desconcertados, pero también hay exilio chileno. La gente que hacía la revista Matucana, por ejemplo, eran puros chilenos que venían de Barcelona, y eso se nota en la temáticas, porque a ellos les interesaba mucho la cosa fuerte, erótica y también lo pacifista, en el sentido de que tenían presentes las ojivas nucleares, que eran preocupaciones europeas, y no chilenas. La preocupación chilena era la dictadura y por eso también las historietas eran menos políticas. Después se van politizando, pero en un inicio, dentro de lo que se les permitía publicar, las temáticas aparentemente no son muy nacionales, porque vienen con ese influjo europeo o europeo-latinoamericano.

Carlos: Por supuesto que influyó lo venía de afuera. Cuando leímos las aventuras de los superhéroes psicóticos de los 80, surgió una visión más oscura, más realista, del cómic. Recuerden que Watchmen viene a dar el último golpe de realismo a la historieta superheroica. Siempre hubo humor, eso sí, en dictadura, en democracia. El humor no se dejó de hacer nunca en Chile, incluso en los peores momentos. Pero la historieta cambió, se transformó. Los 80 fue la época del aprendizaje, un aprendizaje a ratos ingenuo. Pero luego, efectivamente, la historieta se pega un salto, pero creo que es un salto que en algún momento de los 90 se hace forzadamente y no funciona.  Siento que ahora, en los 2000, los viejos que hacíamos historieta en ese tiempo hemos madurado, y la gente joven que vio eso con más distancia, llegó ya con esa madurez. Creo que la historieta de hoy está mucho más madura, con los pies más en la tierra, y con una mezcla local mucho mejor. Ha asimilado de mejor manera la influencia extranjera con la local. En los 90 estábamos aprendiendo a hacerlo. Creo que, por lo mismo, hay un cambio en la escritura y en la lectura de nuestro cómic. Y al mismo tiempo, esa madurez se ha ido acumulando hasta hoy.

LogoMesaGrafica2

*Macabeo: El dibujante Leoncio Rojas Cruzat, Leo, es el creador del popular Macabeo, personaje picaresco que se publicó desde el 31 de octubre de 1940 en el diario Las Últimas Noticias.