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En 2012, Patricio Mena se aburrió. Había escrito los libros álbum Don Mosco (Pehuén, 2011) e ¡Hipo! El sapo (SM, 2013) y trabajaba en publicidad aquí en Santiago, pero todo se le estaba haciendo muy monótono. Durante ese año cursó un taller de escritura con la destacada autora de literatura infantil María José Ferrada y luego de eso se dio cuenta que necesitaba volver a conectarse con el dibujo, una práctica que había abandonado por demasiado tiempo. De hecho, una compañera de ese taller le dio el dato de un curso de ilustración en España y no lo pensó dos veces. “Me decidí, o un cúmulo de circunstancias me hicieron decidir, y dejé todo de repente. Agarré mis pilchas, aunque tenía ahorros, claro, y me vine con la excusa del curso de ilustración”, cuenta Pato, desde Barcelona (donde actualmente reside), refiriéndose al curso de ilustración infantil y juvenil del EINA, Centro Universitario de Diseño y Arte de Barcelona. Hoy, ustedes pueden encontrar en librerías su más reciente trabajo, su primer libro álbum como autor integral, escritor e ilustrador, El balde azul (Alfaguara, 2015), y una entrevista ilustrada a este oriundo de Buin a continuación.

 

Patricio, ¿hasta cuándo planeas quedarte en Barcelona?

Patricio: No tengo una fecha de vuelta por ahora, lo que no significa que haya un “plan” necesariamente. Supongo que como llegué a armar de cero muchas cosas acá, por ejemplo pasé de vida con horarios laborales a freelance, lo que ha sido y sigue siendo bastante demandante en cuanto a energías, estaré ocupado un buen rato en sentirme relativamente firme, sin mencionar los malabares legales y tributarios de fondo que hay que sortear por el sector independentista de la península.

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¿Por qué abandonaste el dibujo en primer lugar y cómo fue ese reencuentro con la disciplina en el EINA?

Patricio: En realidad diría que fue el dibujo quien me abandonó a mí. Yo empecé a ganar mis primeros piticlines dibujando CDs interactivos a fines de los noventa. El negocio del futuro, aún hoy. Y cuando iba a entrar a trabajar en lo que había estudiado, que era publicidad, me vi ante dos caminos: o el gráfico o el de textos. ¡Gráfico!, dije sin dudarlo y me hice un ingenuo book de piezas publicitarias dibujadas a mano –hasta los logos– y obviamente fui rechazado en todas las entrevistas. Mal. Recién me había comprado un PC y no estaba familiarizado con los programas gráficos que esperaba aprender a usar trabajando, pero así no era la cosa, así es que por descarte me metí a la otra opción, redacción, y terminé cambiando el dibujo por la lectura desesperada y sistemática de los grandes maestros de la literatura, con la esperanza que se me impregnara lo que fuera necesario para disimular que tampoco me manejaba en esta parte del oficio, sobre todo cuando me tocara escribir: ¡Aproveche! ¡Oportunidad imperdible!

Y en eso estuve muchos años y si bien hice una que otra colaboración con dibujos por aquí y por allá, en el fondo el vínculo con la disciplina estaba cortado. Por eso mi reencuentro con el dibujo en EINA fue muy bonito. Fue como retomar una relación que nunca debió terminar, con la salvedad que en este caso yo estaba más viejo pero la contraparte estaba igual o hasta mejor que cuando la dejé. Intacta. Ávida, incluso. El dibujo, o la ilustración para los que gustan de decirle novela gráfica al cómic o tenis de mesa al ping-pong, pasó a ser, aunque suene cursi, mi refugio. Porque aunque tenía ganas de vivir fuera por la experiencia y todo, uno se somete a cosas desconocidas a nivel de procesos internos cuando le da por cruzar un océano, es natural, incluso no siendo tan arraigado, como –creo– soy yo. Entonces dibujar  se convirtió para mí en algo así como meditar. Un ejercicio súper básico que te desconecta y te interpela a la vez.

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El reencuentro de Patricio con el dibujo quedó en evidencia con el libro ¡Cómete el coco!, que ilustró el 2014 para Imaginarium/Círculo de lectores (España). Ese mismo año, la línea infantil de Alfaguara publicó El día de Manuel, una colaboración en forma de libro álbum entre María José Ferrada y Mena, con ilustraciones de éste último, que cuenta la historia de un niño con autismo. Sin embargo, en marzo de este año, Patricio Mena publicó su primer libro álbum como autor integral, ilustrador y escritor, también por el sello Alfaguara. El balde azul cuenta la historia de Ciro, un niño que tiene la capacidad de atrapar estrellas fugaces.

 

El balde azul es tu primer libro como autor integral, escritor e ilustrador. ¿Qué aprendiste de ejecutar ambos roles a la vez?

Patricio: En realidad el primero fue un libro llamado Gravedad cero, que hice a mediados del 2014 gracias a una beca de creación. Reconozco que al meterme en varias otras cosas terminé ese libro y lo dejé medio tirado, pero ahora lo comenzaré a mover junto a otros proyectos. Y seguidito de ese libro empecé El balde azul, así es que se podría decir que la experiencia de escribir y dibujar estuvo concentrada en estos dos casos.

¿Y qué aprendí? Primero que el proceso puede volverse extremadamente solitario. Por eso trato de ir a la biblioteca de mi barrio, donde hay un espacio agradable de trabajo y veo circular algo de humanidad. Acá las bibliotecas son auténticos centros sociales y tienen mucho movimiento.

Segundo, que tienes que saber administrar el doble de incertidumbres, justamente por eso en el proceso de El balde azul he sentido que el trabajo con mi editora, Sofía Montenegro, ha sido clave y un auténtico trabajo en equipo. También agradecer en esto a mi cofrade Sergio Lantadilla (ilustrador y coautor de Don Mosco), quien se dio el tiempo de hacer todos los skypes necesarios para ayudarme con opiniones y dudas técnicas. Quizás justamente porque se siente más solitario hacer las dos cosas, al final terminas recurriendo a más gente para que te aporte su visión o simplemente te escuche divagar un rato.

Y tercero el foco en la imagen. Pensar en cómo narran los colores, las texturas, la línea, es algo que suena obvio pero hasta que no te metes en serio no lo dimensionas. Toda la parte de investigación o inspiración, también. Por ejemplo, para El balde azul, que está ambientado en un pueblo costero, me di un par de fines de semana para ir a pueblos no tan turísticos pero con cierto encanto cerca de Barcelona, para hacer fotos o dibujos de la arquitectura de las casas, los detalles de las calles, el mar, incluso de la gente. Fue un goce esa investigación y muy enriquecedora. Por supuesto que no siento que la parte de escritura sea algo que tenga controlado, pero inevitablemente la parte de ilustración resulta más nueva para mí y la balanza en la ejecución de ambas disciplinas se ha visto cargada más para ese lado, si me preguntan por aprendizaje.

Continúa en la segunda parte

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¿Quieres ganar un ejemplar de El balde azul? Espera la 2da parte de esta entrevista, que se publicará el próximo miércoles 24 de junio, ¡porque tendrá concurso! ¡Dile a tus amigos!

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